Frente a este contexto, la Dra. Beatriz Beltrán, especialista en medicina interna, medicina estética y nutrición, insiste en la necesidad de diferenciar entre mitos, malas prácticas y evidencia científica. ‘El ácido hialurónico no es el problema; el problema ha sido, en algunos casos, cómo y para qué se ha utilizado’, explica la doctora.
Falso. Cuando se respetan la anatomía facial, las dosis adecuadas y la elección del producto, el resultado es natural y armónico.
Falso. La migración no es inevitable y suele estar asociada a una técnica incorrecta, a una cantidad excesiva o a un plano anatómico inadecuado.
Falso. El ácido hialurónico es solo una herramienta dentro de una estrategia global de rejuvenecimiento. Pretender tratar la flacidez exclusivamente con relleno conduce a resultados poco naturales.
Media verdad. Es una sustancia reabsorbible, aunque puede dejar residuo tisular, especialmente tras tratamientos repetidos, lo que refuerza la necesidad de un uso planificado y prudente.
Falso. Como cualquier acto médico, puede presentar efectos adversos, de ahí la importancia de acudir a profesionales cualificados capaces de prevenir y tratar posibles complicaciones.
Falso. Son técnicas distintas con indicaciones diferentes. ‘No se trata de elegir una u otra, sino de saber cuándo utilizar cada herramienta’, aclara Beltrán.
Falso. Con un historial médico adecuado —o mediante técnicas como la ecografía en tiempo real— es posible planificar tratamientos posteriores con seguridad
El enfoque actual de la medicina estética apunta hacia tratamientos más conservadores, estratégicos y personalizados. ‘La estética ya no va de rellenar, sino de armonizar, prevenir y acompañar el envejecimiento de forma natural’, resume la especialista.
En un entorno de saturación informativa y desconfianza amplificada por las redes sociales, la Dra. Beatriz Beltrán insiste en la importancia de informarse correctamente y de acudir siempre a médicos cualificados. ‘El ácido hialurónico sigue siendo una herramienta segura y eficaz cuando se utiliza con criterio. El verdadero riesgo no está en el producto, sino en perder el sentido común’.